Me educaron para confiar en la gente, para ver lo bueno de las personas, defender lo indefendible y perdonar, saber perdonar siempre. Hasta una vez puse en práctica lo de poner la otra mejilla, literalmente. Figuradamente lo he hecho mil veces.
Lo que nunca me dijeron es que hay cosas imperdonables y que el llevar al extremo esa educación concluye en una falta de autoestima importante.
No todo el mundo es bueno, generoso y sincero. De hecho, por lo visto, la mayoría o no lo es, o lo es con muchas restricciones.
Y tras años quitándole la culpa a la gente...(y como había que ponerla en algún sitio, ponerla encima de mi) parece ser que empiezo a aprender que no todo es como parece.
Y no está mal el mundo real, tiene que ser igual de aceptable que el paraíso en el que viví en mi época de colegio, donde todas mis amigas éramos sinceras (hasta hacernos llorar), confiábamos ciegamente, dábamos sin esperar nada a cambio,sabíamos escuchar y nos buscábamos la vida para ayudar de alguna forma cuando era necesario...
Aunque, ahora que lo pienso, igual en ese mundo solo vivía yo.
Me da rabia que la gente me decepcione, y solo por el simple hecho de que no sean como yo. Lo sé, eso es injusto...
pero ¡¡YA VAAA!! ya aprendo...¡qué remedio!
Simplemente si me van a dar 20 euros por hacer de taxi hasta el aeropuerto del sur...cogerlos. Porque hasta ese punto de imbecilidad no puedo llegar, más que nada porque segurísimo que ella no hubiera hecho lo mismo por mi. Como siempre.
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